En busca del tiempo perdido

Comentarios sobre el acontecer nacional del Perú

La ciencia y la sociedad

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Hace un siglo algunos pensadores optimistas anunciaban que la cultura humana daría un tremendo salto cualitativo al ingresar a los dominios de la razón gracias a la ciencia. La impresión surgía fundada en los espectaculares logros científicos de las últimas décadas. Se había logrado entender el principio de la evolución de las especies y empezaba a revelarse la intimidad de la materia. A esto se sumó la nueva imagen del cosmos ofrecida por la teoría de la relatividad, entre otros muchos avances sorprendentes. Había una especie de furor científico que daría paso a las tremendas innovaciones tecnológicas y médicas que aparecieron de inmediato. La ciencia había pues probado con suficiencia la verdad de su saber y el valor de sus principios cognoscitivos fundados en la razón.

Un siglo después podríamos decir que toda esa esperanza de una civilización más avanzada, fundada en el saber científico, la razón y el conocimiento comprobado, fueron solo vanas ilusiones. No hay nada parecido a una sociedad racional. La humanidad sigue en el mismo grado de irracionalidad y estupidez, y quizá incluso peor, pues hoy han aparecido pseudociencias intentando nuevas explicaciones fundadas en creencias que manejan conceptos curiosos de “energía” y espiritualidad. En la actualidad la ciencia no solo debe ocuparse de ampliar el conocimiento sino que además necesita defenderse del ataque virulento de los creyentes, y denunciar los embustes de las pseuociencias.

¿Qué ha ocurrido para que la ciencia, lejos de regir la vida de la sociedad, esté rodeada de peligros y acechada por los enemigos de la razón? Hay varios factores que contribuyen a esta situación. La primera fue quizá el surgimiento del posmodernismo como un movimiento social de desencanto frente a un mundo basado en el progreso material, sin repercusiones en la estructura humana; pero también a causa de una ciencia que cada vez se volvía más abstrusa para el ciudadano corriente. ¿Cuántos entienden la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica? Sería más sensato preguntar ¿cuántos se han interesado por conocerlas? ¿Cuántos han logrado entender el mecanismo de la evolución juntando los saberes dispersos de la biología, paleontología, genética, antropología, etc.? Y… ¿cuántos están dispuestos a dudar de su más preciada posesión mental: Dios? Por desgracia, el adoctrinamiento religioso siempre llega primero. La religión se asegura de contaminar las mentes antes de que estas empiecen a funcionar.

A lo anterior debemos agregar la crisis de la educación que, al caer en manos de la burocracia estatal, acabó convertida en un burdo afán de divulgación de saberes seleccionados, envasados y congelados que se ofrecían descontextualizados, sin ningún sentido del valor de la educación como experiencia humana comunicante, en una tarea suprema de formación de personas por la vía de la experiencia y el descubrimiento. Para colmo, la educación superior se ha convertido en un mercado persa de títulos rápidos y carreras de oficio con máscara de ciencias. Incluso es triste comprobar el pobre nivel de conocimiento científico que se tiene en el posgrado. Apenas hallamos personas enteradas de lo que es la ciencia y lo que dicen algunas teorías y autores, pero hay una gran ignorancia filosófica respecto del sentido final de la ciencia como visión del universo, además de grandes dosis de ingenuidad y simplicidad en los diseños metodológicos a causa de las limitaciones epistémicas. La gran mayoría de nuestros académicos todavía se maneja con principios científicos del siglo XIX.

No es pues fácil el panorama para la ciencia  y menos para la racionalidad de la sociedad. Peor aun si consideramos la emergencia descontrolada de creencias de todo tipo. Algunos sectores religiosos se han convertido en enemigos declarados de la ciencia, y en especial de la evolución de las especies y del origen del universo. Si bien en los sectores más sensatos del catolicismo hay apertura y diálogo con la ciencia, sin negar la evolución, en cambio han aparecido diversas sectas fanáticas que se ocupan del desprestigio de la ciencia. En los EEUU intentaron evitar que la evolución se enseñe en las escuelas y, al no lograrlo, inventaron una teoría seudocientífica llamada “teoría general de la evolución condicionada de la vida”, conocida como “creacionismo”, pretendiendo que sea enseñada en las escuelas como una “teoría alternativa”. Pero fue rechazada por los tribunales al quedar en evidencia su trasfondo religioso. Esto no ha impedido que sigan divulgando su pseudociencia.

Pese al siglo y medio que tiene de enunciada la teoría evolutiva, y pese a estar plenamente confirmada, al punto que toda la biología moderna gira en torno a la evolución, sigue siendo la teoría más atacada por los creyentes. Un estudio de Gallup en el 2009 reveló que solo el 39% de los norteamericanos cree en la Teoría de la Evolución. En otro estudio se halló que el 38% cree que la Biblia es la verdad textual, palabra por palabra. Preguntados respecto al origen de los seres humanos, se halló que un 47% de las personas creía que Dios había creado al hombre tal como se le ve hoy, mientras que otro 36% creía que Dios había dirigido el proceso evolutivo. Solo un 12% pensaba que el hombre había evolucionado sin la intervención de Dios. Ignoro cuál es la situación en el Perú pero presiento que es mucho peor dado que la evolución ni siquiera se enseña. En mi experiencia, debo confesar que tropezamos con grandes obstáculos para enseñar evolución.

Hoy vivimos en una sociedad que no solo permanece en el mismo estado de ignorancia científica que hace dos siglos, sino que se ha sumergido en un mar de creencias religiosas y supersticiones mágicas y místicas, como no se había visto jamás. Sorprende leer y oír los disparates que se afirman en los medios y en las redes en nombre de la ciencia. Hoy cualquier cosa es una ciencia. He visto una maestría en “ciencia de la cocina” y clases en “ciencia de la Biblia”. Estamos rodeados de chamanes, gurús de la espiritualidad, adivinos, mentalistas, parasicólogos, lineas cósmicas, horóscopos, tarot, talismanes y rituales para la buena vibra y las energías positivas, fetiches religiosos y místicos, etc. A esto hay que sumarle la tarea de confusión que realizan los creyentes, predicando en contra de la ciencia, e improvisando burdas explicaciones seudocientíficas bajo una lógica infantil pero suficiente para el grado de ignorancia general y de irracionalidad predominante.

No parece pues que todo el gran avance que la humanidad logró gracias a la ciencia en el último siglo y medio haya servido para mucho. La sociedad no ha mejorado nada. Los productos tecnológicos actuales se orientan más al consumo fútil, al ocio y al desperdicio de tiempo. La razón y el conocimiento siguen siendo dejados de lado para preferir anacrónicas creencias que tuvieron su origen en las cavernas y en el temor de los seres primitivos. De hecho, todo esto es una prueba más de que el ser humano sigue siendo tan primitivo como lo fue antes de conseguir un cerebro extraordinario.

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 16th, 2012 at 11:48 am

El papel de la religión en el siglo XXI

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A diferencia del siglo XX, cuando el campo de las ideas religiosas estaba dominada con firmeza por la Iglesia Católica, en el presente observamos un creciente deterioro de su rol social debido a varios factores, entre los que podemos mencionar principalmente el cuestionamiento de su función moral a causa de los constantes escándalos de abuso sexual de sus sacerdotes, el visible ambiente de confrontación ideológica que se aprecia en su seno y las posiciones políticas que adoptan sus más visibles representantes. A esto hay que añadir la dispersión descontrolada de la fe popular, que ha terminado repartida en infinidad de iglesias de diversos orígenes y denominaciones, junto a  la emergencia de cultos populares que van desde lo pintoresco hasta lo ridículo.

Sin duda lo que mantiene aun el liderazgo absoluto de la iglesia católica es el conjunto de tradiciones culturales que se han instalado como parte dela vida de la gran mayoría de peruanos. Costumbres que se desarrollan aun cuando los participantes hayan dejado de creer en la esencia mística de dichos rituales, tales como el bautismo y el matrimonio, seguidos básicamente por inercia social. De hecho, la gran mayoría de católicos ignora la mayor parte de los mandatos de su iglesia y llevan la fe a su manera, al punto que ya casi todos los actos de fe han pasado a ser más bien acciones fetichistas o cabalística, somo cargar un rosario o persignarse.

En el siglo XX el mundo transitó por una época muy dinámica de convulsiones políticas, ideológicas y descubrimientos científicos que fueron la fuente de inquietud general. En medio de esta situación la Iglesia cumplió un rol de unidad de las ideas en torno a un conjunto de doctrinas que sirvieron de sustento a la estructura social. Pero hoy la situación parece ser muy distinta. En primer lugar la época de convulsiones ideológicas ha cesado y solo tenemos protestas sociales motivadas por crisis económicas muy concretas. El campo de la ciencia ha detenido también su vertiginoso avance y los descubrimientos son cada vez más escasos, siendo el trabajo de validación de teorías el que consume mayores esfuerzos. Como contraparte, el rol de la Iglesia es el que ha iniciado su deterioro tenaz.

A tanto llega el deterioro de la Iglesia Católica que ya ha roto su vieja monolítica unidad. El Papa ya no tiene la autoridad que tenía antes. Mientras que un grupo de fieles hace lo posible por santificar a Juan Pablo II, otro grupo de radicales lo acusa de hereje por haber transado con otras religiones y haber admitido la teoría de la evolución. Hay una clara ruptura al interior de la Iglesia, no solo en la periferia, donde se han multiplicado sin control las religiones cristianas apartadas del catolicismo, sino que existe división en el núcleo duro de la misma Iglesia de Roma. Algo que ya se había atisbado en los días del asesinato de Juan Pablo I.

¿Cuál debe ser la actitud del Estado moderno frente a la Iglesia? También en este entorno ya se ha dado una ley que pretende garantizar la igualdad de todas las confesiones, eliminando los privilegios de la Iglesia Católica. Además hay cada día mayor presencia de religiosos no católicos en la política y en el Congreso. Vemos pues cambios en el panorama. Pero esto es apenas el inicio. No hay la menor duda de que vamos a un escenario donde la religión sea quizá parte de una actividad colectiva libre, sin mayor necesidad del concurso de iglesias y sacerdotes o pastores. Volveremos así al caos de las creencias descontroladas, donde cada quien cree en la virgen que se le ocurre, en la versión de Cristo que se le acomoda más, y en los rituales que están más a su alcance. De hecho, el mensaje de la Iglesia Católica ha perdido esa capacidad aglutinante y rectora que tenía antes. Si ya cuestionan hasta a su Papa y su Cardenal.

Frente a esto creo que una medida atinada debería ser proteger a los niños de la influencia de las religiones hasta que por lo menos ingresen a la pubertad. Los niños deben crecer libres de toda influencia religiosa para que así puedan formarse una mentalidad clara y autónoma. Hay razones científicas para pedir esto, pues los seres humanos nos formamos en los primeros años en base a la información que recabamos. Hay que tener presente que el hombre se hace, y es producto de un entorno cultural que le proporciona el lenguaje así como las reglas de razonamiento y los conceptos básicos de su cultura. Si a los niños les enseñan que somos hijos de Skywalker, que provenimos del planeta Xirius y que pronto vendrá nuestro guía, ellos lo creerán ciegamente. Defenderán con su vida esas ideas y tratarán de imponer esa verdad en el mundo. Eso es lo peligroso de adoctrinar a los niños.

Si bien nos escandaliza el adoctrinamiento de niños en el VRAE por parte de SL, no reaccionamos igual ante el adoctrinamiento cotidiano que hacen de los niños en las iglesias. Se dirá que unos enseñan odio y los otros amor, pero ese no es el tema principal. Lo más importante es que estamos generando seres que funcionarán al margen de un esquema racional, que en lugar de ir en busca de una verdad, la proclamen con fanatismo. Una de las principales razones de la incomunicación del mundo actual es que a menudo se enfrentan personas que defienden una verdad a priori, sin someterse al tratamiento de argumentos científicos o técnicos. Lo vemos no solo en el caso de Conga donde se desea imponer una verdad ideológica que se opone al “extractivismo” sin oír más razones; lo vemos también en otros campos como el aborto o las políticas de población y control de la natalidad, donde predominan nociones de índole religioso por sobre los argumentos científicos, tanto biológicos como sociales.

Una manera de promover un mundo mejor es apostar por la racionalidad, lo cual quiere decir manejar los temas con la mente abierta, sometiendo todas las cuestiones a razones técnicas y a la evaluación del conocimiento científico comprobado. Lo que hoy nos aleja de los acuerdos lógicos y racionales es esa costumbre de aferrarse a verdades a priori surgidas del adoctrinamiento y de ideologías de cualquier orden. Me da lo mismo si los pioneritos son del VRAE o del catecismo.

Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 14th, 2012 at 5:15 pm

Un caso negativo de intervención estatal en el mercado

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Estamos nuevamente en una discusión sobre la “Ley del Cine”, que nada tiene de nueva ni de original. Y me refiero tanto a la discusión como a la ley, pues esta famosa nueva Ley del Cine es casi copia fiel de la que existe en otros países, lo cual prueba que la mentalidad progresista se extiende por todo Iberoamérica y Europa. En consecuencia, lo que diremos acá es aplicable a cualquier escenario, pues en casi todos lados hay gente convencida de que el Estado debe apoyar al cine nacional, bien sea financiando sus producciones o secuestrando salas de cine para obligarlas a exhibir sus películas. Solo falta que obliguen a los ciudadanos a verlas, y creo que están a un paso de proponerlo, pues no ven más alternativa para “competir” con las producciones de Hollywood y otras de igual calidad en lo que ellos llaman “igualdad de condiciones”. La ley del cine es un excelente ejemplo para apreciar lo negativo que resulta la intervención del Estado en el mercado y las argumentaciones a las que apela el progresismo para lograr controlarlo mediante leyes autoritarias.

El primer truco del progresismo es jugar con el lenguaje buscando recrear un mundo artificial donde existen buenos y malos, peligros atroces, monstruos malvados y valientes profetas que señalan salidas milagrosas. Hay que tener mucho cuidado con el lenguaje progresista porque es la flauta con que seducen y encantan a sus incautas presas. Por ejemplo la nueva ley del cine tiene un inicio espectacular que llega a tocar las fibras más sensibles del ciudadano común: “proclamar el Derecho al cine propio como un derecho inaliebable”. Este es el tipo de redacción amanerada que caracteriza al progresismo, y una de sus manías más recurrentes que consiste en convertir todo en un “derecho”, de modo que al final la cuestión acaba convertida en una lucha por la conquista de los derechos. Y no de cualquier derecho sino de un “derecho inalienable”. ¿Alguien puede oponerse a un derecho inalienable? Gracias a la magia progresista hoy tenemos este novedoso “derecho al cine propio”.

La ley reposa en el clásico pensamiento progresista que ya ha probado infinitas veces su fracaso en todos los países donde se han aplicado leyes de este tipo. Bastaría revisar la situación del cine en los países que tienen leyes similares, con el mismo impuesto a la taquilla destinado a financiar a un grupo de escogidos que tienen el privilegio de hacer realidad el sueño del cine propio. O mejor dicho, el derecho. Ya sabemos que los magos del progresismo nos sacan un derecho de la manga cada vez que quieren hacer su truco favorito: sacarle dinero al Estado. Aunque en esta ocasión el robo no es al Estado sino directamente al ciudadano. Como es obvio, el asalto se disfraza de impuesto. Se llama nada menos que “Impuesto Extraordinario para el Fomento, Promoción, Preservación y Desarrollo de la Cinematografía Nacional” y corresponde al 10% de la entrada al cine. A lo que debe añadirse el 1% de la facturación de la TV por cable. Más allá del aparatoso nombrecito del impuesto -parte de las conocidas manías lingüísticas del progresismo- lo que significa finalmente es esto: robo sin pistola.

Leer el artículo completo en:

http://liberalismoperuano.blogspot.com/

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 14th, 2012 at 12:14 pm

Aparece el Partido Unificado Anti Mariateguista

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Por lo visto, se viene consolidando un nuevo partido político que, a la luz de sus manifiestos, tiende a llamarse “Partido Unificado Antimariateguista del Perú”, cuya razón de ser y existir -y único vínculo de unidad- es el odio visceral por Aldo Mariátegui, director del diario Correo, un diario que se ha hecho más famoso gracias a quienes aseguran no leerlo. En sus pocos meses de formación este activo movimiento ya tiene slogans bien posicionados, como “derecha bruta y achorada”, o DBA para los enemigos, cerebral frase surgida del ingenio sin par de Juan Carlos Tafur, director del alicaído semidiario 16, y aparente Secretario General de la organización.

Es fácil adivinar quién es el Secretario de Ideología y Doctrina. ¿Quién más sino el insigne filósofo de cartulina Pablo Quintanilla? Célebre autor de tres torpedos editoriales que conmovieron la conciencia nacional, luego de afirmar que solo los brutos y achorados usan el término “caviar”, debido nada menos que a la envidia de la lucidez intelectual y los títulos académicos que engalanan el perfil de los caviares. Quién sabe si muy en el fondo tenga razón este filósofo. Lo que no se puede envidiar es la hipocresía intelectual, el relativismo moral y la constante estupidez y beatería política que los caracteriza.

Y ahora acaba de aparecer quien sin duda es el Secretario de Prensa y Propaganda. Se trata nada menos que de Alexandro Saco (a) La Máscara, conductor de un programa en un canal que está lejos de ser la BBC del Perú, pues apenas llega a RBC, letras que van en honor a su egocéntrico propietario Ricardo Belmont Casinelli, probablemente el peor broadcaster que ha tenido nuestro país. De este modo se unen en la gran empresa antimariateguista dos medios que agonizan en la mediocridad.

El aporte fabuloso de Alexandro Saco a la causa antimariateguista ha sido postear cuatro veces el mismo artículo con el escandaloso título “Aldo chavista”. De acuerdo a su iluminada lógica, el hecho de coincidir en pedir el retiro del país de la CIDH hace a Aldo Mariátegui un chavista. Bueno, ya sabemos que Alexandro Saco no es ningún filósofo, así que… ¡qué esperaban! No le podemos pedir más. Solo falta que Saco acuse a su guía espiritual Javier Diez Canseco de ser fujimorista por haber coincidido con Kenji en pedir la censura de dos ministros. Ese es el nivel en que se maneja este conductor, quien también se muestra en pantalla como el profeta de la moral, dueño de la verdad y representante insigne del progresismo. Lo sé porque lo veo en las mañanas. No voy a ser tan hipócrita de decir que no lo veo. De algún modo me evita el contacto con esos asquerosos noticieros matutinos. No es que tampoco sea un placer verlo y mucho menos oírlo, pero al menos es mejor que ver a los borrachos estrellados, los violadores y los velorios. Solo por eso le estoy agradecido.

Sin duda estamos frente a un fenómeno único en el Perú, digno de estudio, pues por primera vez se conforma un movimiento en torno ya no a la admiración a un líder y a la sujeción de sus ideas, sino por todo lo contrario. Es el surgimiento del antilíder para un sector del progresismo. Hay que seguir de cerca este movimiento de avengers que al parecer empieza a crecer y a ejecutar una misión, desplegando cada uno poderes mediáticos inesperados.

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 12th, 2012 at 11:17 am

La histeria parlamentaria

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Oposición tendría la cantidad de votos necesarios para la censura de Lozada y Otárola title=

Si dos de los peores congresistas que pertenecen a bancadas opuestas, como son Javier Diez Canseco y Keji Fujimori, están de acuerdo en algo, quiere decir que algo podrido debe haber en ese tema. De hecho se trata de la censura de dos ministros. Realmente no nos sorprende que JDC pida la destitución de un ministro, particularmente el del Interior, pues esa ha sido su única especialidad en toda su historia parlamentaria y política. A Kenji hay que seguir viéndolo como al idiota de la familia, que lo es. Pero más allá de estos dos personajes hay todo un ataque de histeria en el Congreso, que no se veía desde los días del baguazo.

La política peruana suele ser de todo menos racional. Más aún, el término “político” ha devenido en el Perú en sinómino de “irracional”. Así, por ejemplo, cuando nos dicen que el Proyecto Conga, siendo técnicamente impecable y económicamente viable y conveniente para el país, no puede ser aprobado aún porque la decisión debe ser “política”, nos están diciendo que la decisión debe ser completamente irracional. Acabamos de ver la renuncia de una vice ministra porque su opinión técnica ha sido desestimada para optar por una decisión “política”.

En estos días hemos asistido casi a una película de Stanley Kubrick con la situación generada en el VRAE, y cuyo capítulo final parece ser la destitución de dos ministros que nada tienen que ver en toda la tragedia, porque no fueron ellos quienes tomaron las decisiones en el campo. Acá la jauría pide la cabeza del técnico cada vez que el equipo pierde. Y si pierde por goleada se exige masacre total, desde el técnico hasta el presidente del club o de la Federación. Todos deben morir en la hoguera para calmar las frustraciones y traumas de la chusma.

Nunca he estado de acuerdo con tales conductas histéricas e irracionales. Esta no es la excepción. Es un escenario patético donde todos los muertos son héroes y los heridos son dejados de lado, donde a los muertos se les rinde honores llenos de protocolo mientras que los inválidos de las FFAA y FFPP no tienen ningún apoyo ni pliego presupuestal, donde se aplauden los esfuerzos desplegados en redundantes programas sociales mientras que los soldados carecen de rancho decente. ¿Son acaso estos dos ministros responsables de todo este patético escenario que tiene el Perú?

De hecho, estos dos ministros solo serán dos víctimas más de la estulticia en que se desarrolla la política nacional.

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 9th, 2012 at 5:57 pm

Una vieja película peruana: Asalto al tren del Estado

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Vuelvo a leer artículos sobre la nueva “Ley del Cine Peruano” y siguiendo los enlaces acabo leyendo muchos más, a favor y en contra, incluyendo sus comentarios y respuestas, publicadas en los últimos tres meses. Eso me lleva a indagar un poco en Internet para saber cómo anda el cine de cada país. Por último le echo una mirada a la nueva Ley del Cine descubriendo que es -para variar- copia fiel de otros países, porque acá no les alcanza el cerebro ni para hacer una ley original. Y alcanzo además a distinguir las típicas paparruchadas que perpetran los leguleyos en estos bodrios, como por ejemplo “proclamar el Derecho al cine propio como un derecho inaliebable” (sic). ¡Cuándo no estos amanerados inventando derechos por doquier! Y no cualquier derecho sino “derechos inalienables”. ¿Qué coño es eso?

La verdad es que toda la ley reposa en un lamentable pensamiento clásico progresista que ya ha probado infinitas veces su miseria y fracaso, acá y en otros países donde se las copian los unos a los otros, porque el progresismo y la estupidez no es exclusividad de los peruanos. Pasemos por alto esa idiota proclamación del “derecho inalienable al cine propio” que no son más que cursilerías y cojudeces de los progres. No es raro que todos los días inventen un derecho. Los magos del progresismo los sacan de la manga cada vez que quieren hacer un truco. En especial, sacarle dinero al Estado. Aunque en esta ocasión el robo se disfraza de impuesto. Se llama nada menos que “Impuesto Extraordinario para el Fomento, Promoción, Preservación y Desarrollo de la Cinematografía Nacional” y corresponde al 10% de la entrada al cine. A lo que debe añadirse el 1% del pago por el cable. Más allá del aparatoso nombrecito del impuesto (¿por qué a los progres les encantará tanto el floro?) lo que significa esto se llama simplemente robo sin pistola.

Toda la nomenclatura del impuesto está diseñada para que sea un perfecto engaño colectivo. Ni siquiera es “extraordinario” porque en este país el robo institucionalizado al Estado o al ciudadano es cada día más ordinario. Lo de “extraordinario” se parece más a “no te va a doler mi amor”. En general esta la ley del cine, como todas las famosas leyes que pretenden promocionar algo que es propio de la cultura, reposan en una serie de disparates que solo engañan a los bobos, pues el Estado no tiene el poder mágico para hacer nada de lo que se dice allí: fomentar, promover, preservar y desarrollar la cinematografía nacional. Sería bueno que a los niños les enseñen desde el colegio que el Estado no es un Dios al que se le puede pedir milagros como desarrollar el cine. Así evitaríamos la estupidez del progresismo que siempre anda tratando de utilizar al Estado para que el mundo sea como se le ocurre que debe ser.

Lo único que se pretende con esta ley es que todos los peruanos le financiemos sus proyectos cinematográficos a un grupito de elegidos. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? No lo sé. La verdad es que no tienen ninguna razón. Ni siquiera diré “razón válida”. Simplemente no tienen ninguna razón. Todo lo que tienen son escusas y mentiras disfrazadas de Grandes Verdades, muy típicas del “pensamiento correcto”, tributario de un progresismo culturoso. En primer lugar nos meten el cuento de que “el cine es cultura” con una ridícula argumentación totalmente fantasiosa, como que el “cine es vital para formar la conciencia ciudadana”. Todo para afirmar que debemos apoyar la cultura. O sea, su cine-cultura. Para eso han creado todo un lobby, (si, claro, un lobby, pues los progres también saben de lobbys).

La ley tiene argumentos harto conocidos y gastados, insistiendo ilusamente en que el cine es básicamente un producto cultural, cuando la realidad nos indica otra cosa. El concepto de cultura al que aluden es elitista. El cine más bien busca todo lo contrario: no ser elitista sino masivo. La realidad del cine no encaja en los conceptos usados por la ley. Ellos manejan su propio concepto de cine y de cultura, caprichosos, elitistas, maniqueos, usados para fabricar una argumentación que justifique el montaje de una estructura que tiene por fin subvencionar a un exclusivo grupo de personajes, que no quieren ir a competir en el mundo real sino vivir protegidos en el seno del Estado y chupando la mamadera fiscal. Ya sabemos lo peligroso que resulta poner la cultura en manos del Estado. Al final veremos lo que un grupo de iluminados cree que debemos ver. Y el cine seguirá en la misma mediocridad, tal como ha ocurrido en todos los países en donde leyes igual de estúpidas se han perpetrado.

Los ciudadanos apoyan la cultura de una manera muy simple y directa, sin necesidad de lobbys. Lo hacen cuando compran una producción discográfica y cuando asisten al teatro, al cine y a los conciertos que ofrecen los artistas. Así es como se apoya la cultura y se diferencia lo bueno de lo malo, sin una “comisión de expertos” que decida lo que la gente debe ver. Nadie puede reemplazar al mercado. Los intentos de suplantar al mercado (o sea a la realidad) fracasan siempre. No se debe hacer lobbys para exigir el apoyo de la gente por la fuerza. Como tampoco deberían hacer lobbys para vetar una expresión cultural de mayor arraigo que el cine, como son los toros. No debemos torcerle el brazo a los ciudadanos para que vean o para que no vean algo. Eso es prepotencia totalitaria, típica del progresismo de izquierda que anda siempre renegando de la realidad y tratando de enfrentarse a ella mediante leyes estúpidas o revoluciones sangrientas.

Desde luego que yo siempre defenderé la libertad del ciudadano a su libre elección, y estaré siempre en contra de estos aberrantes proyectos que pretenden obligar a la gente ya sea a no ver una manifestación cultural o apoyar a otra en particular. Los ciudadanos deben ser siempre libres de elegir. Las leyes totalitarias que intentan imponerse al gusto de la gente y a su poder de decisión están destinadas al fracaso y deben ser vetadas. El único poder que tiene la gente en una sociedad libre es su capacidad para decidir qué comprar y a dónde acudir. El cine peruano debe aprender a respetar los gustos y decisiones de la gente, aprender del mercado y la realidad, y no tratar de imponer sus gustos y criterios culturosos a la sociedad.

La verdad es que no me impresionan las argumentaciones que contiene la ley. Son las típicas de un leguleyo que además se ha copiado de otras leyes. Prefiero pasarlas por alto y enfocarme en las que presentan quienes defienden esta ley. Son los progres que presentan los argumentos típicos de su mentalidad. Nos dicen que “la realidad está distorsionada”. Eso ya lo sabemos. Para todo progre la realidad anda mal, es injusta o “distorsionada”. Así es como los progres ven el mundo y siempre tratan de que el mundo se acomode a su forma de entender la vida. En cambio las personas sensatas saben reconocer la realidad y aprenden de ella. Un verdadero revolucionario es aquel que cambia la realidad a base de creatividad e ingenio. Solo los estúpidos intentan transformarla con leyes y revoluciones. A estas alturas de la historia ya deberían saber que al final la realidad siempre se impone.

El cineasta peruano dice que la “realidad está distorsionada” porque hay una predominancia del cine de Hollywood. Esto es tan idiota como decir que la naturaleza está mal porque hay más insectos que humanos. Hay razones perfectamente lógicas y naturales que explican por qué las cosas son así. Pero en la mentalidad de un progre la realidad debe ser igualitaria porque toda desigualdad es injusticia. Ese no es un problema de la realidad sino de la mente progre. En el mercado del cine quien manda es el consumidor. Es el ciudadano libre que elige qué ver. Según los progres el enemigo del cine peruano son “las Majors”. Son ellos los que deciden “monopólicamente” qué se exhibe en las salas, pero no es así. Quien decide es el público. Los dueños de cine están haciendo un negocio y les conviene exhibir lo que la gente quiere ver y paga por ver. De lo contrario perdería dinero. Es simple de entender.

La ley progre quiere que el mundo sea igualitario, y que las producciones nacionales compitan “en igualdad de condiciones” con las extranjeras. Para esto pretenden obligar a los exhibidores a reservar una cuota de pantalla para las películas peruanas. Esto no es igualdad de condiciones, porque la igualdad no puede estar referida solo a una cuota de la pantalla. ¿Y qué hay de la calidad? Empecemos hablando de igualdad en la calidad de la producción, en su sintonía con los gustos y expectativas del público. Lo que proponen con su “igualdad de condiciones” es simplemente arbitrariedad y abuso de poder. Una ley que exige cuotas de pantalla sí que distorsionaría la realidad. La falsea, hace perder dinero y al final nos engañamos todos y perdemos todos. Si quieren que la gente vaya a ver películas peruanas, no nos pongan los arenales de Manchay como escenario, por ejemplo, o un drama que se observa diariamente en los noticieros.

Lo que deberían indagar los cineastas peruanos es ¿por qué fracasa el cine peruano? ¿Por qué no es atractivo para el público? Un progre nos lo explica así: ellos no hacen películas para el gran público sino para un “público selecto”, amante del “buen cine” (?), para aquel que considera al cine “una expresión artística que contribuye a formar ciudadanos críticos de sus circunstancias, cada vez más conscientes y libres. Y lo hacen con películas que señalan las cosas que creemos que merecen ser cambiadas“. O sea, los progres quieren imponernos a la mala su concepto de cine-cultura y encima utilizarlo como su plataforma política. ¿Y nosotros tenemos que financiar esas estupideces? ¡No faltaba más!

Para la gente normal el cine es fundamentalmente un medio de entretenimiento. Eso es lo que busca la gente cuando va al cine y para eso paga su plata. Para el Estado el cine es básicamente una industria y un negocio, y así es como debe verse. Pero para el lobby que anda detrás de la famosa “Ley del cine” y del dinero fácil y la comodidad de una sala secuestrada, el cine es exclusivamente “cultura”, y una “cultura progre”. Es una lástima que los políticos sucumban ante estos encantadores de serpientes. Un progre no tiene remedio. Los que quieren hacer cine tienen que aprender a responder a las exigencias del libre mercado. Así es como funciona el mundo real. Tienen que empezar a conectarse con el mundo real en vez de pedirle al Estado que imponga una ficción.

Lo peor de todo es que ya hemos comprobado muchas veces lo nefasto que son estas leyes de supuesta y aparente promoción. Han fracasado en todos los países. Véase lo que ocurre en España o México. Abajo les alcanzo unos enlaces interesantes. Cada vez que el Estado ha querido promover la industria asegurándole una preferencia artificial mediante ley, lo único que se ha conseguido es su postergación, atraso y mediocridad, además de corruptelas. Esto ya lo sabemos de memoria. ¿Por qué se insiste siempre en las mismas tonterías? ¿Es que nunca vamos a aprender que la competencia sana es lo único que nos permitirá desarrollarnos? ¿Hasta cuándo los políticos se dejarán presionar por los bloqueadores de carreteras, los quemallantas y los lobbistas de la izquierda progre?

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Referencias:

- Confundiendo industria con cultura: Un buen enfoque que deja el cine en su lugar de industria y de negocio privado.

- La promoción de la cultura como problema económico: El mismo autor tartamudea al leer las críticas que le hacen. Es de los que se encogen cuando le responden.

- ¿Impuestos y cuota de pantalla para un cine que detestamos?: Mensaje de un progre que considera que el cine-cultura debe mostrar la realidad nacional que se quiere cambiar.

- El (mal) estado del cine español: Donde se aprecia cómo se quiere insistir en las ayudas estatales pese al fracaso del cine español. Incluso quieren ayudas fiscales para la promoción y el mercadeo. Ya se pasan de conchudos. Una muestra de cómo se quiere insistir en el mismo pensamiento fracasado.

- La realidad del cine mexicano: Donde se lee cómo el cine mexicano, dominado por un neoprogresismo de izquierda que insiste en “mostrar la realidad nacional”, está llevando a los mexicanos a detestar su cine y preferir el norteamericano.

Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 9th, 2012 at 11:47 am

El boicoteador profesional

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Si algo sabe hacer la izquierda peruana es dividirse. Luego se les ocurre emprender algún proyecto unificador pero que acabará irremediablemente dividido. Y es que en la izquierda peruana abundan los iluminados. Todos se creen enviados de Dios y dueños de la verdad y de la moral pública. En este arte de la división existen personajes que ya son largamente conocidos, como el boicoteador profesional Javier Diez Canseco, iluminado de Dios y bendecido con la omnisapiencia, opinólogo empedernido, experto en todas las materias y acusador implacable. Su mayor afición es exigir la renuncia de ministros.

Existe un amplísimo grupo de peruanos que está harto hasta la náusea de escuchar la misma cháchara de Javier Diez Canseco desde los años setenta, sin variación alguna en forma ni contenido. Famoso por sus poses moralistas, sus denuncias de corrupción y su inclinación por trazar su propia ruta, sin un concepto mínimo del compromiso de grupo ni del intercambio de ideas hacia la construcción colectiva de la verdad, y sin noción alguna de lealtad. Javier Diez Canseco es el típico iluminado de la izquierda que no transa en la edificación de un programa político sino que intenta imponer el suyo, sin cambios ni consideraciones.

Pero no es el único. Hay una larga lista de cavernícolas de izquierda, autodenominados “progresistas”, que está exigiéndole al gobierno el retorno a los años 70, mediante la aplicación rigurosa y sin transacciones del mamarracho llamado Gran Transformación. Toda esta gentuza de izquierda radical cuyo instinto político los lleva a apoyar automáticamente cuanta manifestación callejera se produce, anda por hoy en el dilema de la ruptura. De hecho ya están en contra del gobierno y del proyecto político que los llevó al poder. Si no se han ido plenamente es porque tampoco quieren perderse los privilegios de estar en el poder. Muchos no quieren perderse la mamadera del Estado que hoy están succionando con avidez.

Esta es la gran indecisión que hoy aqueja y atormenta a nuestros bravos y combativos progresistas de la izquierda cavernícola nacional.

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 8th, 2012 at 8:56 am

Los muertos que Ollanta resucitó hoy quieren comerle el cerebro

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Confirmando que el Perú es un país de Ripley, ahora vemos que la oposición al gobierno de Ollanta Humala está entre sus propias filas. Ni siquiera tienen la decencia de renunciar y dejar de servirse de los favores de estar en el oficialismo. Esto, desde luego, es una muestra más de la ética progresista ya conocida, y otro gesto de aquellos que levantan el puño izquierdo para protestar pero bajan la derecha para cobrar. Es triste ver cómo políticos que ya eran cadáveres y que fueron sacados del cementerio de la historia por un desesperado candidato, en su afán de hacer su fogata electoral con toda clase de escoria de izquierda, acabó dándole vida a monstruos de la Era del Hielo.

Ahora resulta que Javier Diez Canseco, uno de estos muertos vivientes salido de la galería del espanto de la izquierda setentera, es el líder de la oposición. Y una oposición que además pertenece casi por entero a la combi de Gana Perú, incluyendo congresistas como Rosa Mavila y Alberto Adrianzén. Todos ellos le reclaman a Ollanta Humala retomar el plan de la Gran Transformación, un mamarracho velasquista comunistoide que afortunadamente Ollanta nunca leyó y no sabe de qué trata.

Obviamente los cadáveres setenteros siguen aspirando a un país muy similar al de Hugo Chávez o Cuba. No han madurado ni aprendido nada. La historia no ha transcurrido en sus cerebros. Siguen con su mismo repertorio retórico, la misma argumentación y las mismas consignas. Lo único nuevo en ellos es que ahora coordinan mediante un celular y algunos usan el Twitter.

Lo increíble, o más bien lo tradicional, es la cara dura que se manejan para estar en la oposición y mantenerse como “oficialistas”. En especial esos comechados que aceptaron embajadas luego de ser defenestrados del gabinete y otros cargos de confianza por inservibles y petarderos. Era sorprendente ver a ministros dándole la contra al presidente, como la roja García Naranjo, quien anunciaba casi en conferencia de prensa que Conga no va. Pero allí sigue cobrando un sueldo de este gobierno con el que está en completo desacuerdo. ¿Por qué no se van?

Es que un progresista rechaza todo menos la mamadera del Estado. ¡Si de eso viven!

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 7th, 2012 at 5:35 pm

El pensamiento correcto en una sociedad burocrática

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A propósito de la discusión sobre la “Ley de partidos políticos” y, en especial, sobre el financiamiento de los partidos con fondos del Estado, diré que en principio estoy en contra de que haya una ley de partidos políticos así como estaré en contra de que haya una ley sobre clubes de fútbol, empresas privadas o confesiones religiosas. La sociedad debe mantener a raya al Estado y no dejar que este se inmiscuya en la vida de las personas y de la sociedad. El Estado solo debe regular su propia actividad y la relación entre esta y la sociedad. Es inadmisible que el Estado pretenda regular la vida privada de las personas. Y mucho menos se se trata de sacarle dinero al Estado para financiar actividades privadas, con escusas burdas como “apoyo a la cultura” o “actividad público-privada” y otros pretextos aun más tontos.
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No sé si vale la pena ingresar a la discusión específica sobre la “Ley de partidos políticos” y el financiamiento de estos con fondos públicos. Lo veo francamente irrelevante. Ni siquiera pretendo considerar el fantasma del narcotráfico y de los “oscuros intereses” que están inventando para justificar semejante disparate. Antes que eso, me gustaría plantear algunas consideraciones generales acerca de los principios políticos liberales. Por tanto, debemos volver a revisar lo que se ha dado en llamar “el pensamiento correcto”, un tema sobre el cual ha escrito recientemente Diego Alarcón Donayre.
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Si admitimos la existencia de un “pensamiento correcto”, deberíamos establecer cuáles son sus características y quizá empezar por una definición. Podríamos definirlo como el que se ha establecido en el raciocinio popular como norma general del buen pensar. Más que una lógica es un conjunto de fórmulas cuya validez se demuestra en la aceptación generalizada inmediata, y más aun en la fascinación y encanto que proporciona a las grandes mayorías, con una especie de contundencia afirmativa que va más allá de lo refutable. Este pensamiento correcto siempre tiene un fondo de buenas y nobles intenciones, y suele apoyarse en la sensibilidad y la cucufatería social para desplegar un halo de justicia y corrección que la llena de beatitud.
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Ejemplos hay muchos. Podríamos citar el igualitarismo en todas sus variantes, la antidiscriminación en todas sus formas absolutistas, el ambientalismo a ultranza, la valoración exagerada de toda manifestación cultural, la caridad pública en todas sus expresiones, el empleo de formulismos retóricos que se han vuelto intocables como “es un derecho adquirido”, “vida es vida”, “son derechos humanos”, “apoyo a los más pobres”, etc. Habría que hacer una recopilación de estas fórmulas mentales que se manifiestan de las más diversas formas. En este punto yo discrepo con la idea de que el “pensamiento correcto” es solo de izquierda. Es verdad que en la izquierda se piensa con un amaneramiento mental insoportable, pero también existe un “pensamiento correcto” general y políticamente neutro, propio de una mentalidad burocrática que es utilizado ampliamente en el razonamiento político. Básicamente tiene que ver con el papel del Estado y las leyes.
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El análisis de este pensamiento “burocrático” nos revela que se trata de una reminiscencia del pensamiento mágico primitivo. En general se tiende a creer que el Estado tiene poderes mágicos y que basta una ley para transformar la realidad. Obviamente no somos conscientes de esta creencia. Se trata de un sustrato mental que fundamenta nuestros raciocinios de manera inconsciente. Por ellos se tiende a proponer una ley o un Ministerio como solución de casi cualquier problema de la vida. Esto es equivalente a la vieja creencia en los dioses y a la costumbre muy arraigada de construir templos en su honor, y ofrendarles sacrificios para resolver problemas como la sequía o la mala cosecha. Hoy es el Estado el que ocupa el papel del dios, las leyes son nuestras ofrendas y los Ministerios ocupan el lugar de los templos. Apenas hemos cambiado los elementos pero la lógica mental está intacta. Creemos que hay elementos que poseen el poder de cambiar nuestro destino.
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Los modernos místicos creyentes en los poderes mágicos del Estado y de las leyes deberían revisar la historia y ver el panorama legal para comprobar que sus supuestos teóricos son falsos. Tomemos por ejemplo la “Ley del cine peruano” que ya debe tener más de cuarenta años, pues viene de la época de Velasco. Se creyó que bastaba una ley y la financiación del Estado para que surgiera el “cine peruano”. Al cabo de todas estas décadas lo que vemos es que el cine peruano sigue en el mismo lugar de marasmo y mediocridad. Todo lo que se ha logrado con la “ley del cine” es financiar bodrios, obligarnos a ver malas películas y generar polémica en el gremio con mutuas acusaciones de corrupción, favoritismo, argolla, etc. Para colmo, quieren arreglar este lío con una nueva ley y un nuevo organismo estatal del cine. Es decir, más de lo mismo. Somos víctimas inconscientes de un razonamiento burocrático producto de nuestra cultura, al igual que padecemos el razonamiento religioso que nos lleva al convencimiento pleno y absoluto de que hay un dios que rige nuestros destinos. No somos capaces siquiera de dudarlo.
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Pedir una ley y un organismo público, preferentemente un Ministerio, es parte del automatismo mental que se ha generado en nuestro pensamiento. A esto hay que añadirle que somos impenitentes copiones de lo que se hace en otros países. Seguimos modas internacionales. Así es como llegamos a crear ese esperpento burocrático absolutamente inútil de la Defensoría del Pueblo. Y también nos copiamos leyes, como la de los partidos políticos. ¿Todavía hace falta que discutamos sobre la “Ley de partidos políticos”? Pues bien, esta ley tampoco es nueva. Debe tener cerca de veinte años y no ha servido para nada. De los más de veinte partidos inscritos solo hay dos o tres en la realidad. La financiación del Estado tampoco es nueva y hemos visto cómo se desperdician los espacios que se asignan a los partidos en la TV del Estado, sin que se preocupen por enviar material alguno o pasando simples lecturas de consignas y marchas. Todos los nobles supuestos teóricos de la ley han fracasado. Y ahora nos proponen una nueva ley con más financiación del Estado para “fortalecer la institucionalidad de los partidos políticos”. No se hacen leyes para que los partidos aparezcan de la nada. El Estado no hace magia. Entiéndase de una vez.
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Las leyes solo sirven para administrar lo que hay en la realidad. No sirven para fines mágicos como “generar conciencia”, “crear valores”, “fortalecer la institucionalidad”, y en general para ninguno de los verbos abstrusos que por lo común aparecen en sus objetivos, tales como fomentar, promover, difundir, preservar, garantizar, propender, valorar, resaltar, etc. Todo eso es parte de la estupidez burocrática que domina la lógica del pensamiento político moderno y dirige el “pensamiento correcto” de la gente, siendo la causa principal del mar inagotable de leyes en que nos ahogamos. Somos quizá el país que ostenta el record mundial de leyes. Cada iluminado tiene una ley en la cabeza. Medimos la eficiencia del Congreso por la cantidad de leyes aprobadas. Estamos pues inmersos en una lógica burocrática de la que no podemos escapar.
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Lo malo de ser víctimas de un “pensamiento correcto” es que perseveramos siempre en los mismos errores sin atrevernos a cambiar la perspectiva. Hay países que se han hundido siguiendo el pensamiento correcto. Al final se preguntan ¿cómo llegamos a esta crisis si hemos actuado bien? Ese es el caso patético de la Argentina en estos días, aunque todavía le queda un tramo largo para llegar a una crisis irremediable como la que atraviesa Grecia. Argentina no puede escapar del pensamiento correcto impuesto por el peronismo. Sean de izquierda o de derecha, ¡son peronistas! Los enemigos del pueblo somos quienes pensamos distinto, quienes señalamos las inconsistencias de un pensamiento correcto que se reafirma con cada crítica que recibe. Los locos somos quienes no logramos ver a los “fantasmas” que acechan al pueblo. Los estúpidos somos quienes nos apoyamos tan solo en razones técnicas y científicas y no admitimos las “cuestiones sociales” o las “razones políticas”, nombrecitos con que hoy se denomina a la irracionalidad populachera. En estos días parece imposible convencer a nadie de que no necesitamos más leyes ni más ministerios, y que el pensamiento verdaderamente correcto es el que deriva de la racionalidad, de la verdad científica y de la experiencia histórica comprobada.
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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 7th, 2012 at 11:20 am

La civilización del espectáculo critica a Mario Vargas Llosa

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Curiosa, por decir lo menos, ha sido la reacción inicial que ha provocado el reciente libro de Mario Vargas Llosa “La civilización del espectáculo“. No sé si las reacciones que he leído serán generales o mayoritarias, pero al menos son las primeras que leo. Creo que es la reacción de la civilización que ha sido acusada de ser banal, entre otras cosas. No obstante ninguno de estos críticos se ha quejado por la banalidad señalada sino porque de algún modo se han sentido tocados como miembros y artífices de esta “cultura de la banalidad”. La mayoría tampoco ha desperdiciado la oportunidad para exhibir su pensamiento progresista, tan de moda por estos días, y rechazar algo que parece resultar más desafiante e intolerable en esta época de plenitud democrática: el hecho de que MVLL se haya referido al peligro de extinción de la “alta cultura”.

Así se resumen todas las críticas a Mario Vargas Llosa: afirmar que la presente cultura vale tanto como cualquier otra, que no es permitido hoy hablar de una “alta cultura” pues toda expresión cultural es absolutamente igual, y que la tecnología moderna ha permitido “democratizar” la cultura. Más que un abordaje a las ideas planteadas por MVLL lo que hay es una crítica al escritor y a su actitud valorativa sobre la cultura. Las voces van desde los escritores actuales que se han sentido ninguneados hasta progresistas culturosos que defienden el igualitarismo cultural sin distinciones de clase, incluyendo a un nerd posmodernista que se siente la vanguardia del progresismo webero. Todos han coincidido en que MVLL hace mal descalificando la actual cultura focalizada en la diversión, el entretenimiento y el show. Siguiendo -sin saberlo- el pensamiento anarquista de Paul K. Feyerabend, estos críticos afirman que “todo vale”. Y vale igual.

Sería inútil ocuparnos de esas críticas. Sus fundamentos reposan básicamente en una esforzada argumentación que no siempre resulta correcta, como por ejemplo, afirmar que cuando se publicó Trilce o incluso “La ciudad y los perros” no fue bien vista por el establishment. Lo mismo pasó con el estreno de La Traviata o la 5ta sinfonía. Bueno, pero todo eso ¿qué prueba? De ningún modo prueba que tales obras no fueran de “alta cultura”. Tampoco prueba que los críticos no la considerasen parte de esa alta cultura. Solo prueba que tuvo críticas negativas como ocurre con casi cualquier obra nueva. Eso es todo. No confundamos pues la crítica de las obras nuevas con la no pertenencia a una alta cultura. Los grandes compositores y artistas complacían con su arte a la aristocracia y al clero, por lo menos mientras estos regían el mundo.

Y menos todavía valdría la pena ocuparse de estúpidos capaces de plantear esto: “¿o alguien va a decir que, por ejemplo, la élite peruana es culta? ¡Si su mayor referente es Martha Hildebrandt!“. No sé si Martha Hildebrandt sea el mayor referente de la élite peruana, pero de que es culta no creo que queden dudas en cualquier persona sensata. Lo único cierto que ha dicho el autor de semejante “crítica” es esto: “Internet acoge a todos: cultos e ignorantes, sabios e idiotas. … Nunca antes la palabra del idiota, siempre mayoritario, había sido tan difundida“. De eso no cabe la menor duda.

Y precisamente por eso no convengo con Fernando Savater cuando afirma que “Internet es el epicentro de la cultura“, cayendo por completo en la tentación apologista de la tecnología actual que, se supone, le ha dado un impulso gigantesco a la cultura. Nada más falso. Internet no es más que un medio. Y para colmo, abierto a las masas. De hecho si examinamos de cerca sus contenidos veremos que la mayor parte es basura. Más bien diríamos que Internet es el epicentro de la pornografía, la frivolidad, el desperdicio de tiempo y un moderno ambiente para nuevas adicciones y delitos. No hay que caer pues en la tentación del glamour modernista.

Pero mejor vayamos al tema central del último trabajo de Mario Vargas Llosa, el cual nadie ha abordado. ¿Es verdad que la cultura está en declive? ¿Está realmente la “alta cultura” amenazada no solo por la baja calidad de la literatura actual y la emergencia masiva y descontrolada de una subcultura de la frivolidad, el placer, el espectáculo, el chisme, la cocina, el bar y otras banalidades por el estilo, sino también por ese esnobismo cultural del progresismo de moda que pretende imponer un igualitarismo cultural supuestamente ”democrático”? ¿Es válido equiparar el efecto de la tecnología actual con la que tuvieron en su época la escritura, la imprenta o la radio? Estas son las preguntas que deberían preocuparnos en relación al último trabajo de MVLL y no su supuesta “falta” por pretender rescatar una “alta cultura”, delito que escandaliza al progresismo más snob de nuestros días.

En principio estoy de acuerdo en separar la paja del trigo y reconocer que en la cultura hay una “alta cultura”, si se quiere llamarla así, y sobre todo si entendemos por cultura a toda manifestación de una comunidad. Obviamente en este caso hay que distinguir o discriminar, por más que les disguste a los progres. También podríamos llamarla cultura de elite, de clase A, o de clase Z para no incomodar más a los progresistas. La realidad no va a cambiar por ocultar retóricamente las diferencias. Solo los bobos se engañan con esos maquillajes semánticos. En los hechos existe una tremenda diferencia entre los diversos tipos de arte y de manifestación cultural. Nadie colocaría en el mismo nivel a Toño Centella y a Juan Diego Flores, por ejemplo. Incluso yo dudaría seriamente en calificar de arte lo que hace Toño Centella. Hay pues arte y “arte”. Como dijo alguien, si Tongo es un artista ¿qué es Plácido Domingo?

El problema es que ese arte popular tiene hoy la posibilidad de copar el escenario gracias a las facilidades y ventajas que ofrece la tecnología actual. Veamos las emisoras de radio en Lima. El dial está copado por una inmensa cantidad de emisoras que propalan una música llamada “popular” en diversos géneros. La música culta sobrevive refugiada en una sola emisora que cada año amenaza con cerrar. La gente que gusta de buena música se ha desplazado a la Internet gracias a las emisoras web, tal como ocurrió hace cuarenta años, cuando emigraron del AM al FM. Ocurre lo mismo con la TV cuya señal abierta ha sido abandonada para refugiarse en el cable. Lo cual nos lleva a la conclusión de que la tecnología no solo facilita la emergencia de la cultura popular sino que también ofrece salida y solución para la alta cultura. Yo creo, y espero, que el libro seguirá como refugio de esa alta cultura, al menos para la buena literatura, aquella que como la novela, la filosofía y los ensayos en general, no requieren más que palabras.

Sin embargo también la literatura ha sufrido el efecto negativo de la tecnología. Hace medio siglo uno tenía que ser un escritor verdaderamente bueno para que una editorial apostase por ti y se arriesgara a publicar un libro tuyo. Así ocurrió con el mismo MVLL y su generación del boom. Algunos escritores no tan buenos se quedaron en la puerta con sus textos y no pudieron ingresar al boom. Tal fue el caso de Julio Ramón Ribeyro, cuyo valor tuvo que ser rescatado por los peruanos casi a la hora de su muerte. Pero hoy cualquiera puede publicar un libro. Tengo amigos que se han dado el lujo de publicar sus poemas mamarrachos en ediciones de 500 ejemplares. No tienen que pedirle permiso a nadie. La competencia de las editoriales ha hecho también que estas prefieran la masificación del libro bajando la calidad literaria. Hemos pasado la vergüenza de que Juan Marsé prefiera renunciar al jurado antes de ser cómplice de la premiación de una novela mediocre de Jaime Bayli. Y este señorito es ahora el best seller peruano, logrando desplazar olas literarias previas como las intimidades de la Señito. Y por último: ¿acaso no ha descendido el número de lectores y hasta la capacidad de comprensión lectora? ¿No es todo esto síntoma de decadencia cultural?

Es verdad que tampoco es nueva la sensación de decadencia cultural. Esto ya había sido dencunciado antes por numerosos pensadores tales como Albert Camus, Sigmund Freud, Edmund Husserl, Ortega y Gaset, entre los que recuerdo por ahora. Incluso si retrocedemos unos siglos, hallaremos la condena a la cultura de su tiempo que escribía Erasmo de Roterdam en su “Elogio de la locura”. Y hasta podríamos llegar al momento mismo del juicio a Sócrates, quien despreciaba tanto a la cultura de sus días que prefirió morir antes de seguir en este mundo y complacer a quienes lo juzgaban. ¿Qué hay de nuevo en la sensación de nuestros días expresada por MVLL?

Hay mucho que discutir sobre este tema en lugar de irse por las ramas y ocuparse de idioteces como la discriminación de la cultura. Queda pendiente el concepto de cultura, problemático desde el principio, incluso para las ciencias sociales. Hay que aclarar que todas tienen su propio concepto, distinto además del que se usa en la psicología. Pero ¿a qué concepto de cultura nos referimos en estos debates? ¿Es cierto que cualquier cosa “tiene el derecho” de ser admitido como cultura? ¿Es ese el nivel y estilo que debe tener el debate?

Otro punto a debatir podría ser la admisión de nuevas expresiones artísticas como la culinaria, por ejemplo, para colocarlas al mismo nivel de la literatura o la pintura. ¿Será quizá una categoría de arte efímero, como el perfume? En fin, el debate planteado por Mario Vargas Llosa es por demás interesante y motivador para quien quiera afrontarlo en su real dimensión. Lo lamentable es usarlo como pretexto para relanzar una prédica progresista, repetitiva y cansina, que es una de las expresiones más patéticas de nuestra decadencia cultural.

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 5th, 2012 at 12:03 pm