En busca del tiempo perdido

Comentarios sobre el acontecer nacional del Perú

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Un caso negativo de intervención estatal en el mercado

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Estamos nuevamente en una discusión sobre la “Ley del Cine”, que nada tiene de nueva ni de original. Y me refiero tanto a la discusión como a la ley, pues esta famosa nueva Ley del Cine es casi copia fiel de la que existe en otros países, lo cual prueba que la mentalidad progresista se extiende por todo Iberoamérica y Europa. En consecuencia, lo que diremos acá es aplicable a cualquier escenario, pues en casi todos lados hay gente convencida de que el Estado debe apoyar al cine nacional, bien sea financiando sus producciones o secuestrando salas de cine para obligarlas a exhibir sus películas. Solo falta que obliguen a los ciudadanos a verlas, y creo que están a un paso de proponerlo, pues no ven más alternativa para “competir” con las producciones de Hollywood y otras de igual calidad en lo que ellos llaman “igualdad de condiciones”. La ley del cine es un excelente ejemplo para apreciar lo negativo que resulta la intervención del Estado en el mercado y las argumentaciones a las que apela el progresismo para lograr controlarlo mediante leyes autoritarias.

El primer truco del progresismo es jugar con el lenguaje buscando recrear un mundo artificial donde existen buenos y malos, peligros atroces, monstruos malvados y valientes profetas que señalan salidas milagrosas. Hay que tener mucho cuidado con el lenguaje progresista porque es la flauta con que seducen y encantan a sus incautas presas. Por ejemplo la nueva ley del cine tiene un inicio espectacular que llega a tocar las fibras más sensibles del ciudadano común: “proclamar el Derecho al cine propio como un derecho inaliebable”. Este es el tipo de redacción amanerada que caracteriza al progresismo, y una de sus manías más recurrentes que consiste en convertir todo en un “derecho”, de modo que al final la cuestión acaba convertida en una lucha por la conquista de los derechos. Y no de cualquier derecho sino de un “derecho inalienable”. ¿Alguien puede oponerse a un derecho inalienable? Gracias a la magia progresista hoy tenemos este novedoso “derecho al cine propio”.

La ley reposa en el clásico pensamiento progresista que ya ha probado infinitas veces su fracaso en todos los países donde se han aplicado leyes de este tipo. Bastaría revisar la situación del cine en los países que tienen leyes similares, con el mismo impuesto a la taquilla destinado a financiar a un grupo de escogidos que tienen el privilegio de hacer realidad el sueño del cine propio. O mejor dicho, el derecho. Ya sabemos que los magos del progresismo nos sacan un derecho de la manga cada vez que quieren hacer su truco favorito: sacarle dinero al Estado. Aunque en esta ocasión el robo no es al Estado sino directamente al ciudadano. Como es obvio, el asalto se disfraza de impuesto. Se llama nada menos que “Impuesto Extraordinario para el Fomento, Promoción, Preservación y Desarrollo de la Cinematografía Nacional” y corresponde al 10% de la entrada al cine. A lo que debe añadirse el 1% de la facturación de la TV por cable. Más allá del aparatoso nombrecito del impuesto -parte de las conocidas manías lingüísticas del progresismo- lo que significa finalmente es esto: robo sin pistola.

Leer el artículo completo en:

http://liberalismoperuano.blogspot.com/

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Written by Dante Bobadilla Ramírez

mayo 14th, 2012 at 12:14 pm

¿Es cultura el cine?

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Bajo el manoseo popular de los conceptos, puede que cualquier cosa caiga en el concepto de “cultura peruana”, incluyendo las polladas. Incluso el DRAE, apelando a las nociones de la antropología social, nos dice que es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”. O sea, cualquier cosa. Pero creo que a todos nos parece que hay una acepción faltante, que es la que nuestros congresistas intentan emplear cuando dicen que defienden la cultura con su ley del cine. ¿A qué se refieren exactamente?

La segunda acepción del DRAE dice que es el “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. Pero tampoco creo que se refieran a eso. ¿Cuál es el concepto de “cultura” que emplean nuestros congresistas, y desde luego, los cineastas y cinéfilos? Parece que hubiera alguna noción flotando en el aire y que no ha sido capturada por el DRAE. Me parece que se refieren a aquellas manifestaciones sociales que representan las expresiones más elevadas de nuestro ser colectivo como nación. En este concepto caen la Danza de las Tijeras, el Vals peruano, la marinera, la comida peruana, etc. Pero ¿es el cine una de esas expresiones? Obviamente no lo es, como no lo es la Navidad ni las corridas de toros, por más que se trate de costumbres muy arraigadas entre nosotros.

¿Porqué entonces apelar a la cultura como justificación de la ley del cine? La primera razón que se me ocurre es que siguen considerando que el cine es un arte. El concepto de cine como arte es bastante limitado, pues resulta evidente que no todo cine puede ser arte. De hecho, la mayor parte del cine es fundamentalmente una gran industria del entretenimiento. Y ese es el cine más exitoso. El cine asumido como expresión pura de arte, es muy poco apreciada y peor entendida. De modo que considerar que el cine es arte, me parece que es una visión sesgada y desfasada de la realidad. En todo caso, inconveniente como sustento de una ley de promoción del cine, porque lo que van a promover son verdaderos adefesios.

Comprendo que las visiones de nuestros congresistas sean tan pobres, en especial tratándose de una persona tan limitada culturalmente como es el Sr. Rafo, y sus asesores, que seguramente no pasan de ser abogados. Pero además, hay en su proyecto, obviamente, una intención de sumar puntos a su labor parlamentaria, y de paso, favorecer a un pequeño segmento de personas vinculadas al negocio del cine. Ambas razones son lamentables.

El problema del cine nacional no es una cuestión de dinero. Por lo menos, no es el principal problema. Si asumiéramos que ese problema está resuelto, de cualquier manera, todavía hay una larga lista de problemas que el cine nacional debe enfrentar: la falta de guionistas, por ejemplo. Hay todo un universo de requerimientos que necesita el cine y que el Perú no tiene. Ni siquiera tenemos guionistas. Es realmente patético oír los diálogos del cine nacional. Otra es la falta de creatividad, que no es un problema solo del futbolista en el área chica rival, sino de toda la sociedad, incluyendo a los congresistas que hacen leyes. Pero el mayor problema quizá sea la falta de credibilidad, ya que muy pocos creen realmente en el cine nacional. Quizá sea precisamente porque la mayoría de cineastas peruanos, en lugar de hacer cine pretenden hacer arte (o crítica social o política progre) y vender su arte en el mercado del cine. O peor aun, imponernos su visión a la mala, mediante la ley que exige su exhibición. Si quieren triunfar en el cine, deberían hacer lo que hicieron los indúes: copiar la fórmula de Hollywood.

En resumen, debemos dejar en claro estos puntos:

1.- El cine no es necesariamente cultura. Tampoco es necesariamente arte. Es fundamentalmente un negocio del entretenimiento, y es mejor que sea eso.

2.- El cine no es parte de una tradición cultural peruana que merezca un tratamiento especial de parte del Estado peruano, como gozar de ciertos beneficios tributarios y fondos económicos. Creo que como país subdesarrollado, tenemos una larga lista de problemas más importantes que resolver.

3.- La mejor manera de apoyar la producción de cine nacional es creando escuelas de cine en las universidades nacionales. Si bien muy pocos cineastas que merezcan ese nombre han salido de estas escuelas, el caso de George Lucas puede alentarnos. Aunque probablemente lo hubiera hecho igual sin pasar por la escuela de cine, porque la verdad es que se comió vivos a sus maestros.

4.- El Estado no tiene porqué financiar los proyectos de cine, porque son proyectos de negocios privados y deben permanecer en ese escenario. De lo contrario lo que hacemos es fomentar la corrupción, la argolla y la mediocridad, como siempre ha ocurrido. No estoy diciendo nada fuera de la realidad.

Una vez más, la mejor manera de salir adelante es demostrando calidad. La calidad siempre se impone por sí sola. No necesita apoyo del Estado. Solo la mediocridad necesita apoyo estatal. Por alguna razón, que no es el caso evaluar acá, todo lo que el Estado apoya acaba en la más absoluta mediocridad. Eso es como una ley natural. En la época en que todos pensaban que la mejor política nacionalista era proteger la producción nacional, algunos países como México y Argentina se sintieron obligados a hacer leyes del cine para proteger su cine. El resultado lógico fue la mediocridad y la desaparición del cine mexicano.

Todo lo que he escuchado en la discusión sobre el proyecto de la ley del cine se resume en quién debe recibir más plata. Es un pleito por dinero. Eso es realmente. El “fondo de lucha contra la piratería” es una muestra más de la poca imaginación que tienen nuestros legisladores para enfrentar los problemas, y una prueba de que han caído en el cliché y el automatismo de las soluciones estúpidas. Un fondo para campañas… vaya solución. La burocracia cree que todo se arregla con campañas.

Written by Dante Bobadilla Ramírez

diciembre 20th, 2010 at 6:29 pm

Ley del Cine o sancochado de película

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La primera pregunta que debemos hacernos es una muy simple: ¿necesitamos una ley del cine? Si uno está libre del burocratismo, tendrá que responder que nadie necesita una ley del cine, como tampoco se necesita una ley de la telenovela peruana o una ley de la comida peruana o del fútbol nacional. No se necesitan esos rollos. La gente puede vivir perfectamente sin que el Estado se meta a legislar en la vida, a menos, claro, que desee intervenir como “promotor”, o sea, ofreciendo dinero.

Las justificaciones que suelen presentar los burócratas legislativos son básicamente las mismas de siempre, y se pueden representar con un solo verbo muy trajinado en la redacción leguleyista: “fomentar”. Aunque también se usa “promover”, “descentralizar”, “difundir”, etc. Son los verbos favoritos de la burocracia. Con eso justifican cualquier adefecio legislativo. El argumento principal es que pretenden promover la cultura. Este argumento es muy deleznable, pues el cine básicamente es un negocio del rubro del entretenimiento. Nadie va al cine a culturizarse. Dejémonos de tonterías. Puede que haya cine cultural, pero es minoritaria. El cine puede ser tan cultural como la música chicha o las polladas. Tan solo falta que a alguien se le ocurra hacer la Ley de la Pollada Peruana.

La ley del cine solo puede entenderse de dos formas: primero, porque los legisladores padecen de una especie de manía compulsiva que los lleva a hacer una ley para cada segmento de la existencia humana; y segundo, porque hay una argolla de lobistas tratando de sacar una ley para favorecer sus propios negociados. Escoja usted la alternativa que mejor le parezca. Aunque vale marcar ambas opciones. De hecho, todo el lío que se ha armado alrededor de esta ley circula alrededor de la plata y de quién va a recibir más plata. ¿O no?

La verdad es que toda la palabrería que hay en esa ley no es más que eso: pura palabrería. Lo único concreto es que un pequeñísimo sector de afortunados va a resultar beneficiado con dinero fácil del Estado. Y lo peor de todo es que nadie dice nada acerca de cómo se va a devolver ese dinero. Creo que nadie se ha preocupado porque ese dinero retorne, una vez que la película financiada produzca ganancias.  ¿O es que se trata de un obsequio? ¿O es que no se va a exigir calidad de mercado? El camino más fácil para que los congresistas se ganen alguito, es sacar leyes para asegurarles a algunos sectores su cuota de dinero fácil, ya sea por el camino de usar un fondo público o por el desvío de impuestos o por la exoneración. Como no es su plata, a nadie le importa. Hacerse el bueno con dinero público es el deporte favorito de nuestros congresistas. Al final, para lo único sirven efectivamente estas leyes de fomento, promoción o como quieran llamarlas, es para abrir las puertas de la corrupción y de los faenones. Eso ya deberíamos saberlo.

Claro que la imagen que nos venden a todos, tontos por supuesto, es que están defendiendo la cultura peruana. En el concepto popular de “cultura” cabe de todo, hasta la música de Tongo. Cualquier cosa puede ser vista como “cultura”. Habría que aclarar que así como no toda la música es cultura, tampoco todo el cine lo es. Más que una simple expresión cultural, como la poesía, el cine es un negocio, como cualquier otro. Y eso lo prueba el hecho de que las películas peruana nunca se han interesado por mostrar la cultura peruana, sino apenas la pobreza peruana. El cine es el arte de contar bien una historia y de venderla. Si es buena te la compran, y si no, sigue intentando. Así es la vida, y así son los negocios. Asumir el cine como “cultura” es promover los adefesios que a veces nos obligan a ver en las salas de cine por fuerza de ley (por abuso de ley, debería decir).

De otro lado, nadie puede venir de parte del Estado y decirte a ti, como dueño de una sala de cine, que debes exhibir obligatoriamente un adefesio de película por un cierto tiempo, solo porque es peruana. Que tal concha. Acá se han olvidado que también existe la libertad de empresa. Cuando a los periodistas les tocan con un pétalo su libertad de expresión, gritan hasta el cielo, pero cuando atentan contra la libertad de empresa, nadie dice nada. Increible. Este país es de Ripley.

Otra cosa que no entiendo es el interés de estos congresistas por abrir salas de cine en provincias. Esto me da risa. Dicen, con cara de preocupados, que en provincias no hay cines, como si dijeran que no hay salas de cirugía. ¿No se habrán puesto a pensar que si no hay cines es sencillamente porque no es negocio o porque a nadie le interesa? También podríamos decir que no hay salas de ópera, no hay pistas de patinaje, en fin, no hay un montón de cosas, porque no todo les interesa. Así de simple.Lo que pasa es que acá la gente cool mira el mundo desde su estrecha perspectiva y cree que ir al cine es una cuestión de vital importancia para la vida humana. Pero no lo es. Afortunadamente.

Además, cualquiera que haya ido a provincias recientemente y se haya paseado por los mercados y tiendas, habrá visto que está invadido de películas. Todo el mundo sabe que por el valor de una entrada de cine se pueden comprar tres o cuatro películas en DVD. La piratería es parte de la cultura peruana y universal. El país entero está repleto de piratería. Y es que la tecnología permite eso. Las copias digitales son prácticamente perfectas y cualquiera las puede hacer. No se puede pretender corregir con una simple ley una realidad de ese tamaño. No se puede ser tan ingenuo o tonto.

Lo que deberían hacer estos sabihondos congresistas es ir a provincias y poner salas de cine con su propio peculio. De paso se llenarán de plata legítima, si es que su idea resulta correcta, por su puesto.

En suma, creo que ya estamos bastante grandecitos para que los congresistas quieran sorprendernos con una ley pro lobys, con el cuento del apoyo a la cultura. El cine es un negocio. El que quiere ganar dinero haciendo cine que invierta o que busque socios o financistas, que así es como se hacen las buenas películas. Lo único cierto es que acá se busca ofrecer dinero fácil del Estado a un grupo de privilegiados. Para colmo, ha generado polémica porque nunca están satisfechos. De hecho, lo que se ofrece es tan ridículo en la industria del cine, que, repartido entre todos los interesados y posibles beneficiarios, no les va a alcanzar ni para media película mediocre. Así que de todos modos van a tener que buscar otro tipo de financiamiento. Lo mejor sería dejar el asunto del cine fuera del ámbito del interés del Estado y dejarlo en el escenario de la actividad privada de la sociedad, que es donde debe estar. Además hay que recordar que todo lo que toca el Estado con sus manos acaba mal. Así le ocurrió al fútbol peruano y al cine mexicano, que cayeron en la mediocridad gracias a las leyes de fomento del Estado.

En todo caso, propongo que esto se lleve a consulta popular, como suele hacerse en los países civilizados, cada vez que alguien hace una propuesta legislativa que involucra dineros públicos. Dentro de pocos meses tendremos una elección, y ese puede ser el momento en que se someta a consulta, esta y otras propuestas, que pretendan emplear fondos públicos para determinados propósitos.  Ya hemos hecho esto con la ley del FONAVI y creo que es un buen camino para involucrar a la población en esta clase de decisiones.

Written by Dante Bobadilla Ramírez

diciembre 19th, 2010 at 6:11 pm

El cine “nacional” desde un punto de vista inteligente

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Mientras que en el Perú algunos piden -para variar- la intervención del Estado hasta en el cine nacional (ya lo hizo en el fútbol, en la “cultura” y otros campos igual de fracasados), en Colombia los puntos de vista sobre el cine nacional” son totalmente diferentes. Les muestro un artículo en el que verdaderos especialistas debaten el problema actual del cine colombiano y plantean soluciones realistas e inteligentes, que no pasan por supuesto, por la “genial idea” de la intervención del Estado, como casi siempre se plantea en el Perú para todo. A ver si acá aprenden algo los adictos a mamar de la teta del Estado.

Caminos para hacer rentable nuestro cine

Hacer películas de presupuestos medianos y de buena calidad, y trabajar en la formación de públicos, algunas opciones para contrarrestar la caída de la taquilla del cine colombiano.

Ante el descenso de la asistencia a películas colombianas en el 2009 -el más bajo en los últimos cinco años-, el realizador bogotano Harold Trompetero (‘El man’, ‘Riverside’, ‘Muertos de susto’) dice que la “única opción” es hacer filmes de bajo presupuesto cuya inversión se recupere con 50 mil o, máximo, 100 mil espectadores.

A Trompetero le tocó vivir, en el 2009, las dos caras del negocio del cine. Su película ‘El man’, que tenía muchas ambiciones comerciales y un presupuesto que superó los mil millones de pesos, fue un descalabro en taquilla: con 50 copias en salas, apenas consiguió 45 mil espectadores; es decir, 900 personas por copia.

En cambio, ‘Riverside’, una cinta pequeña, que el director rodó con 50 mil dólares en Nueva York, fue un éxito: con 10 copias, logró 44 mil espectadores; es decir, 4.400 personas por copia. “Me informaron que ha sido la película colombiana con la rentabilidad más alta por copia”, comenta el realizador, que considera a ‘Riverside’ su ópera prima y un trabajo en el que pudo expresar su voz como realizador.

Las posibilidades reales
“La estrategia de distribución de ‘Riverside’ combinó muy bien el número de copias con las posibilidades reales de la película”, dice Federico Mejía, director de la distribuidora independiente Babilla Cine.

A lo que Diego Ramírez, productor de ‘Perro come perro’, agrega: “No necesitamos 15 largometrajes de un millón de espectadores cada uno, necesitamos 15 películas rentables, así sea con cinco mil espectadores cada una”.

La necesidad de reducir los costos de las películas -hacerlas de presupuestos medianos- y de reconocer qué tipo de filme se va a estrenar para distribuirlo y lanzarlo coherentemente son apenas dos soluciones que se plantean ante la dificultad actual del negocio (en el 2006, la taquilla del cine colombiano representaba el 13,9 por ciento de la total, mientras que el año pasado, sólo tuvo una participación del 4,5 por ciento).

Las productoras Clara María Ochoa y Ana Piñeres, responsables de la taquillera ‘Soñar no cuesta nada’, plantean trabajar en cuatro frentes. Primero: “Hacer películas de calidad sin alejarnos del público”. Segundo: “Hacer coproducciones y películas que puedan ser financiadas con fondos internacionales y nacionales, y trabajar con muy poco dinero a riesgo”. Tercero: distribuir a través de Internet; “hoy, la primera ventana de comercialización después de las salas en el país de origen es Internet”. Cuarto: “La formación de públicos, un frente en el que hay que trabajar de la mano de las instituciones cinematográficas nacionales y departamentales”.

Y otros productores de experiencia, como Diego Ramírez Schrempp, uno de los responsables de ‘Satanás’, dice que una de las claves es “ampliar la base general de la taquilla y procurar que el colombiano vaya, en promedio, por lo menos dos veces a cine al año, en vez de 0,5 veces”.

Pero para lograrlo, agrega, es necesario que también exista “un cine colombiano más accesible para el público general, un cine de audiencias” y “cobertura de salas”.

Se habla también de diversificar los géneros, de ser constantes en el negocio y de trabajar en conjunto entre todos los entes que conforman la cadena del cine para “no acabar con la película colombiana en la primera semana”, como dice Elba McAllister, distribuidora de ‘Los viajes del viento’ y, ahora, de ‘García’, que se estrena el próximo viernes.

También se plantea, como se está haciendo en todo el mundo, que la solución está ligada a lo digital.  “En Colombia tenemos que dar ese salto los exhibidores, distribuidores y productores. El paso hacia la proyección digital es una necesidad que debe hacer parte de nuestras políticas culturales”, agrega Mejía.

Lo que está claro en estas circunstancias entre la mayoría de expertos consultados es que no hay que poner a competir al cine de autor, al que va a festivales y al que gana reconocimientos, con éxitos de taquilla. “El desarrollo de un sector cinematográfico requiere de talentos artísticos y de éxitos comerciales”, afirma Mauricio Reina, crítico e investigador de Fedesarrollo.

Por eso, también se habla de crear un circuito para las películas de festivales que debería garantizarles más tiempo en pantalla.

Publicado el 7 de agosto del 2010
PAOLA VILLAMARÍN
CULTURA Y ENTRENIMIENTO

Written by Dante Bobadilla Ramírez

agosto 7th, 2010 at 7:49 am

Posted in cultura

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