La Cruz de Motupe, la religión y el Estado

Publicado: 2011-07-14

No es fácil abordar cuestiones religiosas, especialmente creencias y costumbres populares de tipo religioso, sin que uno aparezca como profanador, apóstata e irreverente, incluso como demonio. Pero me cuesta dejar al margen del comentario el episodio de la Cruz de Motupe, debido a que ha movilizado al mismísimo Estado peruano a través de su Concejo de Ministros, además del gran despliegue policial y mediático realizado.

La adoración de la Cruz de Motupe se inserta en el escenario de las costumbres populares surgidas espontáneamente, y que se ha ido esparciendo de forma paulatina hasta quedar instituida en el imaginario popular, como muchas otras creencias por el estilo. Por ejemplo, la adoración de Sarita Colonia, Melchorita Balandra, la Beatita de Humay, etc. Aunque por lo general estas creencias y costumbres son inicialmente vistas con recelo por la Iglesia Católica, ocurre casi siempre que al final son incorporadas al interior de la confesión y, peor aun, se institucionalizan los ídolos y hasta se canonizan a los personajes. Esta ha sido la conducta típica de la Iglesia Católica desde los tiempos de la Conquista.

Es así que la feligresía católica se ha desarrollado descontroladamente, al impulso de las creencias populares. La Iglesia Católica, acorralada por los ritos paganos, ha tenido que ceder y consagrar toda clase de ídolos, fetiches y rituales que hoy reposan al interior de las iglesias. A lo más, les han cambiado al ídolo por otra imagen, como ocurrió con el Señor de Qoylloriti en el Cuzco o la Virgen de Guadalupe en México. Esta proliferación de creencias ha conducido a que hoy los católicos sean la confesión más pagana del mundo. Ya casi no queda nada que no adoren. No solo se adora a un Dios, pues suponiendo que se trata de una confesión monoteista, al final adoran una trinidad medio extraña, donde Cristo es también un dios. La adoración a Cristo tiene todas las versiones imaginables: al niño Jesús, al Cristo Crucificado, al Niño Doctorcito, etc. Pero además, se adoran mil vírgenes, santos, beatos y prosantos oficiales y oficiosos. Luego vienen objetos de adoración como cruces, rosarios y toda clase de objetos e ídolos sagrados. También se adoran conceptos extraños como la palabra de Dios, las sagradas escrituras, el santo madero, la santísima sangre de Cristo, el Corazón de Jesús, el dolor de María, el Cordero de Dios, etc.

Evidentemente todo eso no es más que la expresión institucionalizada del paganismo. Lo curioso es que el Estado ha seguido esta misma costumbre y ha ido secundando a la Iglesia Católica en la institucionalización de estas creencias y rituales. A pesar de que la Constitución declara al Estado libre de confesión religiosa, no se ha hecho nada por limpiar el protocolo oficial de rituales "sagrados". Todavía se exigen las juramentaciones frente a un crucifijo y una Biblia. Los institutos armados y la Policía Nacional siguen consagrados a santos patrones, etc. Ha sido un gran avance que el curso de religión no sea obligatorio en las escuelas. Hubiera preferido ser más estricto y dejar de lado cualquier formación religiosa en las escuelas. La catequización corresponde a las iglesias, no a las escuelas.

En uno de sus más lúcidos ensayos, José Carlos Mariátegui analizó la vertiente católica de la Conquista y hoy nadie puede agregar ni una coma a aquel formidable estudio, que sigue siendo una fuente indispensable para comprender nuestra realidad. Dice JCM: "La exterioridad, el paramento del catolicismo, sedujeron fácilmente a los indios. La evangelización, la catequización, nunca llegó a consumarse en su sentido profundo por esta misma falta de resistencia indígena. Para un pueblo que no había distinguido lo espiritual de lo temporal, el dominio político comprendía el dominio eclesiástico. Los misioneros no impusieron el Evangelio; impusieron el culto, la liturgia, [adoración y rituales], adecuándolos sagazmente a las costumbres indígenas. El paganismo aborigen subsistió bajo el culto católico".*

De todo el episodio en torno a la "santísima" Cruz de Motupe  solo me preocupa la actuación oficial. Desde luego, siempre es detestable y condenable la conducta de unos rufianes que se apropian de lo ajeno sin respeto alguno. Pero me parece que la actuación oficial del gobierno ha caído en ese mismo ambiente de paganismo e idolatría irracional, otorgando una buena cantidad de dinero y unos kilos de oro y plata para la restauración de la dichosa cruz. No se podía esperar menos de un presidente como Alan García que se ha pasado sus cinco años de gobierno dando amplias muestras de ser un fanático religioso sin bandera. Quizá podríamos empezar a pensar en legislar mejor en torno a la actuación religiosa de los representantes del Estado peruano, para evitar que estos alienten costumbres y creencias solo por ganarse votos y recuerdos, así como para impedir que el Estado caiga en manos de una confesión religiosa. Ya hemos tenido líderes religiosos como candidatos a la presidencia, desde Ezequiel Ataucusi al pastor Lay. Tal vez deberíamos empezar a pensar en ello, antes de que un iluminado del Señor nos gobierne.

* "El factor religioso", en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana; p. 173