Escuchando a Ollanta

Publicado: 2011-08-23

Sabemos bien que Ollanta Humala no es un orador. No es el primer presidente que carece de facultades oratorias, pero sí el que tiene el mensaje más gastado y vago. La expresividad de Fujimori y, especialmente, de Toledo, dejaban mucho que desear a los que estiman el buen castellano, pero al menos confortaba a los que aguardaban un mensaje, pues algo llegaba finalmente a los oídos. Hablar mal no impide dar un mensaje. En cambio, el caso de Ollanta es crítico. No solo no tiene habilidades para expresarse sino que tampoco tiene mensaje claro y bien definido.

Esto es algo que acabamos de comprobar en su primer discurso público dirigido a un auditorio internacional, como el foro del APEC. El discurso de Ollanta carecía de norte; vagaba como una corriente de agua en busca de su destino; se empozaba en un tema cualquiera para luego abrirse paso accidentalmente hacia otro rumbo, sin ninguna solución de continuidad lógica, únicamente movido por el azar de una palabra dicha.

La construcción del mensaje resulta una tarea muy laboriosa para Ollanta. Primero porque no domina ningún tema. Nunca ha gestionado nada, no conoce lo que es diseñar un presupuesto, decidir inversiones, pagar impuestos, dar empleo, afrontar crisis, etc. No tiene la menor idea de lo que es una inversión ni una empresa. Su experiencia profesional ha sido cargar un fusil y gritarle a una tropa. En consecuencia, resulta imposible que articule un mensaje coherente a un grupo de inversionistas extranjeros, por ejemplo. Por ello su desempeño como orador principal ha sido más que lamentable. Uno espera de un presidente amplitud de miras, claridad de pensamiento, definiciones precisas. Horas después, en cambio, tuvimos tiempo de escuchar a Laura Chinchilla, la presidenta de Costa Rica, y uno no puede quedar menos que perplejo ante la sabiduría de esta mujer que habla con claridad de todos los temas. Eso es lo que se espera de un presidente y no balbuceos erráticos ni mensajes equívocos como los que da Ollanta.

Por ejemplo, no se le puede decir a un grupo de empresarios potencialmente interesados en invertir en nuestro país, que "acá tenemos una gran cantidad de conflictos sociales que encarecen los costos, más de 200 conflictos sociales, a 10 por departamento". ¿Se volvió loco Ollanta? Tampoco se les puede decir que "queremos juntar a los empresarios extranjeros con los empresarios peruanos y llevarlos de la mano". Me imagino que los empresarios se habrán mirado las caras en ese instante, pues eso suena a una clarísima voluntad de intervención por parte del gobierno en la gestión de los negocios privados. Los empresarios no solo escuchan mensajes sino que evalúan a las personas con quienes harán negocios.

Ollanta tiene que aprender a definir sus temas antes de hablar. Tiene que ser consciente de que es un tipo limitado, y no puede pretender improvisar un mensaje, especialmente cuando el auditorio es tan selecto. Debe definir de qué hablarle frente a un auditorio concreto. No puede cansar al público tocando todos los temas de su campaña electoral, exponiendo la clase de Estado que quiere tener. Sabemos hasta el hartazgo que quiere "un Estado inclusivo". El problema es que nadie sabe en qué consiste eso y a los inversionistas del APEC no les interesa. Tampoco puede decir Ollanta que no queremos inversiones en extracción de recursos naturales porque solamente estamos interesados en el desarrollo de tecnologías, como si fueran cosas opuestas, y menos aún decirles que las inversiones en actividades extractivas "solo significa plata en el bolsillo de alguien", revelando sus tristes sesgos mentales, propios de una ideología que falsea la verdad. Toda inversión trae tecnología, da trabajo, paga impuestos y contribuye a la riqueza del país. Son los únicos empleos formales que hay en el país, prácticamente.

En suma, el discurso de Ollanta es un disco rayado; cansa, agota, raspa el oído, igual que el vino barato que agrede el paladar. Cada palabra sale de su boca como un parto forzado y doloroso, tratando de meterse en la frase, encontrar su lugar en la expresión, acomodarse en la oración que lucha desesperadamente por alcanzar un sentido coherente. Sus vacíos mentales revelan la profunda orfandad de su pensamiento. Sus frases de cliché, su mensaje reiterativo extraído de la plaza pública, de una campaña que ya caducó y de una fallida doctrina del fracaso, se parecen más a un cacareo impertinente que taladra los sentidos y provoca lástima y exasperación.

Para bien del propio Ollanta, y sobre todo, para bien de la imagen del Perú, sería muy conveniente que Ollanta sumara a su cuantioso equipo de asesores, a unos cuantos redactores de mensajes. Es mejor que lea. Especialmente si va a seguir dirigiéndose a auditorios tan especializados como el del APEC. Que no nos haga quedar mal. Es un clamor popular.

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