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Sueño caviar hecho realidad

Publicado: 2015-12-18

Al fin se inauguró el Museo de la Memoria, el largo sueño acariciado por la caviarada limeña para coronar su delirante aventura violentista gestada hace casi medio siglo. Claro que los ñaños no han podido sustraerse a sus debilidades y, sucumbiendo a su innata cursilería progre, le han puesto el sonoro y huachafo nombrecito de "Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social". El genio detrás del proyecto es el mismo personaje maquiavélico que armó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, es decir, el inefable Diego García-Sayán, capo de las oenegés caviares y experto en el arte de chupar sangre de fundaciones extranjeras y del Estado peruano.  

Con esta obra culmina la historia de la violencia desatada por una plaga de iluminados jovencitos miraflorinos que, allá por los años 60 del siglo pasado, decidieron hacerse guerrilleros como el Che. Se trataba de chicos bien, de buena familia, de cómoda posición económica, de buenos colegios religiosos y estudiantes de la PUCP, como no podía ser de otra manera, y todos con rancio abolengo y apellidos fichos y compuestos que se remontan hasta la Colonia. Ellos formaron Vanguardia Revolucionaria en 1965, cuando ya el MIR y el ELN desataban la violencia en la sierra. Fue una de las primeras cloacas de izquierda donde empezaría a aflorar el hedor de la muerte.

La violencia política vivida en el Perú en el último tercio del siglo pasado no fue producto de la lucha de clases ni se originó entre los pobres, los obreros o los campesinos; no fue originada por la pobreza ni la exclusión ni nada de eso que luego han puesto como pretexto los caviares. Nada de eso. La violencia política fue un proyecto llevado a cabo por una clase dirigencial de alto rango social. La mayoría de estos dirigentes eran de Miraflores y no de las barriadas. Se les conocía como maomiraflorinos y se podían dar el lujo de vivir sin trabajar, dedicados a la acción política, artística o "intelectual". Eran los eternos agitadores de masas en las universidades y predicadores del odio de clase. Se pasaron los años 70 destruyendo la universidad peruana que quedó convertida en centro de adoctrinamiento comunista y de entrenamiento guerrillero. Allí se preparaban los petardos que hacían estallar en las marchas de protesta contra el gobierno militar y sus paquetazos.

Así nació Sendero Luminoso, como una afloración bacterial de la izquierda delirante infecto contagiosa. Se separó de Patria Roja, que a su vez se había separado del Partido Comunista cuando se dividieron entre soviéticos y pekineses. En el manicomio de izquierda había toda clase de dementes, pero todos deliraban con la lucha armada, la toma del poder por las armas y la dictadura del proletariado. Así fue que Sendero Luminoso pasó del discurso a la acción. Más tarde se sumaría el MRTA. Entonces la sangre empezó a correr por los Andes con campesinos masacrados, también por las calles de Lima con policías, autoridades y empresarios asesinados. Esa era la gran revolución de la izquierda.

¿Qué hizo la izquierda frente a la violencia desatada? Unos callaron y otros la justificaron. Fundaron rápidamente sus ONGs de DDHH para defender a los terroristas caídos. Así apareció APRODEH como brazo legal del MRTA que intimidaba a los jueces. Más tarde se juntarían varias de estas oenegés para formar el frente único de oenegés pro terrucas, la hoy famosa Coordinadora Nacional de DDHH, cuya última hazaña fue defender al terrorista Tito y denunciar a los comandos Chavín de Huántar.

Tras la derrota del terrorismo la izquierda se quedó aturdida. Prácticamente desaparecieron durante los años 90 y sus representantes no sacaban ni el 1% en las elecciones. Tuvieron que esperar la caída de Fujimori para reaparecer de sus sombras. Y lo hicieron disfrazados de defensores de DDHH, por un lado, y predicadores de la ética política, por otro. Se sumaron a la histeria antifujnimorista y la convirtieron en nueva forma de lucha política. El pelele de Paniagua les abrió las puertas a los caviares de la PUCP y estos tomaron por asalto el Estado. Diego García-Sayán no perdió ni un solo día para organizar el circo de la Comisión de la Verdad de inmediato. Ya tenía su ONG dedicada justo a eso, y solo tuvo que llamar a sus amigotes rojos de los buenos tiempos.

El proyecto caviar fue lavarle la cara a la izquierda peruana. Eso fue lo que hizo la CVR: justificó la violencia por la pobreza, escondió el terrorismo llamándolo "conflicto armado", no llama terrorista ni al PCP-SL ni al MRTA. Más bien los trata como partidos políticos. Equiparó las muertes de los grupos terroristas con las FFAA, responsabilizó al Estado y a Fujimori y declaró que para una "auténtica reconciliación" debía castigarse a Fujimori y los militares, "reparar" a las víctimas y hacer un museo que glorifique la hazaña redentora de la izquierda justiciera. Bueno, más o menos así. El punto es que los dementes que desataron la orgía de sangre en los 70, ahora aparecían como defensores de la ética y de los DDHH y ¡hasta de la democracia!

Si el informe de la CVR cuenta la historia como a la izquierda le conviene, el Lugar de la Memoria corona perfectamente -y en el distrito más adecuado- la aventura diabólica de los chicos bien del progresismo caviar miraflorino. La izquierda setentera que soñaba con la guerra popular maoista desde sus cádillacs y casas de playa, desde sus oficinas y salones de la PUCP, ya tiene su museo. Habrá que ir a ver si los señoritos que soñaban con ser el Che figuran en alguna fotografía con el brazo en alto y el puño cerrado, que era como les gustaba posar en sus tiempos mozos. Sin duda habrá más de uno. Algunos ya no están vivos pero otros irán, sin duda, a buscar su perfil en alguna fotografía en blanco y negro, recordando sus delirios revolucionarios.

Ese museo debería ser en realidad un lugar para recordar a una generación de enfermos mentales, intoxicados con una ideología de odio y muerte, que desangró al país. Que quede claro que la violencia fue obra de la izquierda, y que todo el costo de esa violencia debe ser asumido por quienes lo promovieron. Que no nos engañen. 


Escrito por

Dante Bobadilla Ramírez

Psicólogo cognitivo, derecha liberal. Ateo, agnóstico y escéptico.


Publicado en

En busca del tiempo perdido

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